Jean Patou

Jean Patou disfrutó de su mayor fama y reconocimiento en el período de entreguerras, durante los «locos años veinte», cuando París vivía una efervescencia sin precedentes y los afortunados vividores reclamaban lujo y modernidad a partes iguales; una receta que Patou supo servir mejor que nadie. Procedente de una familia de curtidores y tratantes de pieles, prefirió emplear el nombre de Parry en lugar del suyo para su primera sastrería, para evitar que lo identificaran con aquéllos. Sin embargo, la guerra se interpuso antes de que pudiera hacerse un nombre entre los grandes de la moda.

Hombre de gran atractivo físico y de un especial magnetismo personal, muchos de los que lo conocieron coinciden al afirmar que los años de combate en las trincheras lo devolvieron convertido en un hombre más temerario aún que antes, más entregado al momento por el momento mismo. En efecto, la afortunada combinación de talento y atrevimiento convirtió muy pronto su nueva casa de modas en una de las más celebradas de su tiempo, en competencia directa con la mítica Chanel. Aficionado al deporte y devoto de la velocidad y la juventud, verdaderos artículos de fe en los círculos vanguardistas de la época, su gran descubrimiento fue la ropa deportiva: los primeros modelos para esquiar y las ligeras y escandalosas prendas de tenis que la gran campeona Suzanne Lenglen lució en sus repetidas victorias en Wimbledon fueron obra suya. Jean Patou equipó a la primera generación de bañistas, cuando se descubrieron a un tiempo las playas y las vacaciones veraniegas, y lo hizo con unos trajes de baño ajustados que causaron escándalo y sensación en su momento. También creó para ellos, en 1927, el primer aceite solar (Huile de Chaldée) y el perfume a juego (Chaldée). Sin embargo, la mayor temeridad de Jean Patou fue contratar a seis modelos estadounidenses para los desfiles, lo cual representaba un insulto a la femineidad francesa, según la interpretación que mereció su elección en numerosos salones y periódicos de su país.

La intención de Jean Patou era adaptar sus diseños al tipo de la mujer estadounidense, más alta y delgada que la francesa, pues no en vano la mayor parte de sus ventas estaban destinadas al mercado de Estados Unidos. Como no podía ser de otro modo, la incursión de Jean Patou en el mundo del perfume estuvo marcada por la novedad y el atrevimiento, siempre en busca de los «afortunados» que podían acceder al mayor lujo: justo después del hundimiento de la Bolsa de 1929, lanzó al mercado el perfume más caro del mundo, realizado a partir de rosas de mayo y jazmines cultivados expresamente, y empleados con una generosidad sin igual a la hora de crear la nueva fragancia, que ha inspirado los perfumes de la marca durante años. El colaborador de Jean Patou en esta creación fue el perfumista Henri Almeras; en quien había confiado también para sus perfumes Amour Amour, Que sais-je? y Adieu Sagesse, cuyos nombres insinúan, según Patou, una breve y esquemática historia de amor, tal como se decía en la misma época de los célebres perfumes de Worth.

La prematura muerte del creador en 1936 dejó la firma en manos de su sobrino Jean de Mouy, quien ha dedicado sus mejores esfuerzos a los nuevos perfumes de la marca, dejando la alta costura en manos de jóvenes y prometedores diseñadores de la talla de Karl Lagerfeld o Christian Lacroix. La joya de la nueva generación de perfumes fue 1000, creada en 1972 con la colaboración de Jean Kerleo, digno sucesor de Almeras. En 1984, doce perfumes de la firma fueron reeditados con el nombre de «Ma collection», y posteriormente (1992) realizó el lanzamiento de Sublime, para el que confió en unas notas de naranja y mandarina, sobre el acorde ya familiar de rosa y jazmín.perfumesJean Patou llegó a ocupar un lugar destacado en la sociedad elegante y ávida de excesos del París de entreguerras, gracias a su talante atrevido y a su capacidad de fascinación.

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